Kazuki Tomokawa – Umi Shizuka, Koe wa Yami (1981)

Si se nos ocurriera hablar de acid folk, algo que ya estamos haciendo, saldría más pronto que tarde el nombre de Kazuki Tomokawa (友川 かずき) a la palestra. Este sexagenario conocido como el filósofo gritador ha conseguido crear toda una confluencia subterránea de seguidores donde es una auténtica celebridad; todo aquel que lo conoce acaba completamente fascinado ya no tanto por sus capacidades vocales, vistosísimas en cualquier caso, si no también por su economía de arreglos que le hacen un maestro de la guitarra acústica. La combinación de voces más melódicas, gritos y algo cercano al quejío flamenco se va solapando en una técnica sencilla, sin grandes aspavientos, donde la guitarra acompaña una voz poética capaz de quebrar cualquier concepción anterior de como debe ser el folk. Porque esto es folk, pero supera todas las expectativas que pudiéramos poner en ello.

Aunque activo desde 1976, su primera obra maestra sería Sea Is Silent, Voice/Soul Is Suffering (Umi Shizuka, Koe wa Yami 海静か、魂は病み) por su capacidad de conjugar a la perfección todos los registros que fueron intuyéndosele, siempre con un acierto rotundo, en sus seis discos anteriores. Por ello, en términos generales, podemos decir que lo único que une al conjunto de las canciones es un cierto tono melancólico, una disposición discursiva hacia el tono poético -cosa que le viene de familia, pues su hermano es el famoso poeta Satoru Nozoki- y la base exclusiva de guitarra y voz como elementos nucleares de la canción.

Si algo podríamos destacar ya de entrada de Tomokawa es su tendencia hacia una violencia desatada, pero perfectamente medida, desde la cual construir un acid folk corrosivo capaz de acabar con el crítico más exigente. El ejemplo ideal lo encontramos ya en el primer tema, The Other Side (彼方 kanata) en el cual se mezclan los fascinantes punteos casi country con un aporreamiento auténtico de la guitarra, que casi llora de sufrimiento en las partes más intensas, mientras va cubriendo el conjunto con una capacidad inusitada para los gritos además de las fabulosas aliteraciones y juegos vocales que parece que sólo él es capaz de arrancarle al japonés. Y aunque esas capacidades vocales únicas siguen en Became A God (神様になれ kami ni nare) todo se gira hacia un estilo más propio de un folk japonés bien tamizado por el tono triste de balada enka, que rescatará específicamente en de forma magistral en Santouka-yo (山頭火よ), que va solapando el conjunto; sin gritos conocidos. ¿Todo esto para qué? Para darnos en los morros en It’s the End of the World at All (一切合財世も末だ issai gassai yo-mo sue-da) al hacer una canción puramente folk de tintes pop donde los gritos son samplers y se permite ligeros estallidos psicodélicos, además de seguir retornando hacia ese espíritu tan japonés. En último término eso es Tomokawa y nada más: la capacidad de mimetizarse en todas las formas de folk inimaginables a través de su profunda japonesidad.

Aunque sea tentador seguir desgranando canción por canción el disco eso sería peligroso y contraproducente: se podrían escribir libros enteros sólo sobre éste disco en particular y los saltos ciegos que ejecuta a la perfección en una progresión totalmente alucinada. Bastará con decir que, después de todo lo anterior, en Homicide and Clear Blue Sky (殺人と青天井 satsujin to ao tenjyo) sigue con algo cercano a lo que sería el pop actual cultivado por grupos como Tokyo Jihen con tintes progresivos para entender hasta que punto puede hacer (y hace) lo que le da la gana sin que, ni por un segundo, deje de sonar exactamente como él desee que suene. Y es así porque, a diferencia del músico medio, él es un auténtico maestro de la música; una especie de filósofo punk del zen gritado.

Si la música está muriendo como gusta de decir a muchos entonces deberíamos fijarnos en los grandes maestros que han sabido crear alrededor suyo toda una nueva forna única, exclusiva de ellos, de concebir la música. En este caso Tomokawa sería como el maestro zen que espera en la montaña más alejada del mundo conocido, aceptando como alumnos sólo a aquellos capaces de aceptar la necesidad del aprendizaje del aprendizaje a través del peregrinaje: encontrar al maestro es algo tan importante para aprender como el ser iluminado por éste; sólo hay camino hacia la verdad, nunca conclusión del viaje. Por eso es tan valioso seguir el camino trazado por Tomokawa, porque aun cuando no demos con él seguro que encontraremos una manera nueva de mirar el mundo (y la música) que nos rodea.

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