En favor de las periferias estéticas. Una (anti)genealogía del esnobismo musical puro.

El modo en que nos acercamos a la música ha ido cambiando de una manera notoria a lo largo del tiempo. Con esto no hablo necesariamente del cambio que se puede producir con una diferencia de décadas o siglos -cambios que, por otra parte, saltan a la vista de puro evidentes por su condición de distancia temporal a analizar- sino, actualmente, incluso de años. Aunque parezca absurdo en los 10’s ya no se escucha música como en los 00’s y no es ni remotamente parecido a como se hacía en los 90’s, haciendo de los 70’s o los 80’s poco menos que el paleolítico; nuestra apreciación de la música ha ido cambiando de un modo notorio por los cambios (co)sustanciales que ha producido la técnica en favor de la reproducción musical. Pero si algo se ha mostrado incólume en la música con el paso de los años, si es que no se ha reforzado, en esta suerte de darwinismo de tecnificación es, precisamente, la actitud esnob con respecto de la música.

Nuestro viaje podría comenzar en algún punto indeterminado del pasado donde en algún elegante salón europeo un pianista está tocando una fabulosa sonata. Nadie lo había oído antes, seguramente nadie lo oirá después, pero cuantos están allí -e, incluso, una infinidad de cuantos no estuvieron- hablarán auténticas maravillas sobre la maravilla de ese joven compositor que se hará con el mundo a sus pies: ahí nació el esnobismo; la condición de ritualidad exclusiva, de comunión con un grupo cerrado de íntimos que aprecian como nosotros, y nadie más, esa música.

Por supuesto aquí estamos hablando de una condición eminentemente física, este esnobismo nace de la imposibilidad de que nadie más pueda oírlo ya que, a fin de cuentas, sólo si vas al concierto podrás apreciarlo. El hecho de los precios muy poco populares tampoco ayudó en lo más mínimo a su difusión, aunque pronto todo se revertiría con la imprenta- Desde el momento que las partituras van aquí y allá el valor de la música, de la comunión musical última, se devalúa ya que cualquiera puede escuchar la música de ese joven descastado con una técnica envidiable. Aquí nace una segunda condición del esnob que permanecerá de un modo bastante completo, aunque intermitente, hasta nuestros días: la exclusividad de la fuente original. Quizás cualquiera pueda escuchar una pieza de Mozart -inclusos esos indolentes pueblerinos, ¡necios de oídos de tocino!- pero pocos pueden escuchar a Mozart; esa exclusividad del original define, durante casi medio milenio, la comunión esotérica entre los esnobs.

Hemos saltado el charco y el tiempo, los esclavos negros americanos cantan tristes canciones de su lugar de origen pero nadie considera esnob escucharlas: es un hecho comunitario realizado por una masa, no por una comunidad cerrada, con tintes raciales abiertos. Así permanecerá hasta que a principios de siglo nazca el jazz. El jazz sería, por puro convencionalismo, la primera música auténticamente esnob. Apreciada sólo por unos pocos, exportada como música de gourmets, fue perseguida, vilipendiada y destrozada de una forma tan sistemática como familiar. Las acusaciones al género de satanismo y de perversión de la juventud las hemos conocido a posteriori con el blues, el rock y practicamente cualquier género que se escapara de la comprensión de los ancianos próceres de la comunidad; en el esnobismo hay cierta condición de diferenciación de la masa, pero también del poder establecido. Es por ello que cuando el jazz llega a la masa -edulcorado; maliciento y pútrido- deja de ser automáticamente esnob; lo esnob ahora es otra cosa.

En el jazz, según se popularizan las bandas de música ligera, se va creando un barrocamiento del género y una pasión desmedida por la improvisación que devuelve esa comunión a un acto comunitario íntimo pero con dos condiciones que antes no existían: su condición de acto para iniciados y de acto eminentemente secreto. Esto que no deja de parecerse a la idea de sociedad secreta -que, efectivamente, esa es la aspiración última de todo buen esnob; hecho bien retratado por Bataille, auténtico padre del esnobismo ilustrado- se extiende pulcramente hasta convertir el jazz en algo hermético y solipsista. Después, casi por pura necesidad, se irá fragmentando creando diferentes subestilos de jazz; cada uno es opuesto al anterior y en todos ellos hay padrinos esnobs que le deniegan el esnobismo a los demás.

Aunque cada vez vamos parando más la máquina del tiempo y podríamos pararnos entre los 50’s y los 70’s no lo haremos salvo por un pequeño apunte, como con el jazz hay aquí un repunte de la fisicalización del espacio físico al hacer que la música de moda, la música disco, se defina a través de la exclusividad de la entrada en la discoteca. Pero el siguiente punto interesante llegaría en los 70’s cuando, de nuevo, haya un movimiento desde lo físico hacia lo musical con el punk. El punk nace como un movimiento extremadamente esnob, hermético y brutal, pero nada discreto ni secreto en el cual se haría añicos cualquier condición de poder, dominación, exclusividad o esnobismo; a través del punk el esnobismo se vuelve popular y, con ello, aun más extremadamente esnob. Del punk heredamos nuestra nociones contemporáneas de que es ser esnob -y la que, personalmente, tiendo a manejar- la condición de conocer lo que otros no conocen. Conocer a los Sex Pistols es condiquio sine qua non para considerarse siquiera punk, pero para ser un auténtico iniciado, alguien que conoce de verdad el género y es merecedor de respeto entre sus seguidores, hay que conocer los grupos más subterráneos posibles. Si disfrutas escuchando La Polla Records eres un poser, los auténticos esnobs no disfrutan con nada más popular y menos apegado al purismo auténtico de Los WebeloSS.

Pero esto no sería una anti-genealogía si todo fuera una progresión en raíz, y efectivamente no lo es. Al tiempo que ocurría el punk con su sistematización de una condición de esnobismo contemporaneo basado en un aspecto eminentemente de conocimiento, la electrónica del momento y los ritmos de los negros de los suburbios -auténticos artífices de esta condición progresiva de auto-exclusión, en último término- tomarían el ghetto blaster como tótem Con esto eliminan cualquier condición de esnobismo de la sala de baile, del lugar donde hay que estar para molar, para sacarlo a la calle; cualquiera pueda molar, cualquier sitio puede ser el nuevo punto de moda durante unos minutos, y es por ello que se desterritorializa el terreno en favor de un acto particular mayor: el evento. A partir de aquí no importa tanto el local donde se celebran las cosas, pues ya no hay auténticas posiciones de culto, sino los individuos que generan puntos calientes consigo.

Aquí se fusionan las dos lineas anteriores. El auténtico esnob conoce lo que no conoce nadie y va a los eventos que nadie ha conocido, abandona lo que se ha vuelto demasiado conocido y siempre consigue tener bajo el ala un nuevo descubrimiento secreto, realmente auténtico, que le une a una comunidad de sabedores. Ya no importa el espacio -totalmente diluido ya, especialmente, después de la llegada de Internet- sino que todo es una cuestión de pura información: el que más sabe, el más sabio con respecto de los cánones del género, es aquel que debe ostentar la corona del auténtico esnob.

Llegamos a nuestra época, ¿qué ha ocurrido? Internet ha democratizado todo, ya es imposible ser esnob por conocer lo que nadie más conoce porque puede conocerlo potencialmente todo el mundo. Aquí los hipsters volverán a la territorialización, el conseguir físicamente lo que nadie más puede conseguir por mera acumulación de información creando ellos mismos unas modas que abandonará según se popularicen para crear nuevas absurdas modas. Pero no es esnob porque se basa en un mero mercantilismo, es un hacer popular para ser reconocido y no en una acumulación genuina de conocimiento que me haga superior no socialmente, sino culturalmente. Es por ello que el auténtico esnob en la era de la reproducción digital en Internet es aquel que es capaz de acumular, discriminar y poner en orden la información adecuada en el tsunami de pseudo-información que puebla en Internet; la auténtica labor del esnob es la de ser el gurú que guie a los demás de su condición -iniciados o no- en la búsqueda del auténtico camino de una gran cultura -que no una Cultura, que en realidad no le interesa- que puedan hacer suya.

Obras relacionadas.

The Sky Was Pink: La armonía de la identidad es la carta de presentación del caballero
The Sky Was Pink: No es sobre la naturaleza: la auténtica condición instrumental de la música
The Sky Was Pink: Back to the Ghetto Blaster, yo!
The Sky Was Pink: Manifiesto esnob. Por un paradigma donde no sean necesarios los manifiestos esnob.

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